miércoles, 22 de junio de 2016

El viaje



Francesca Sanna
El viaje
The journey. Traducción: Susana Rodríguez
La Pequeña Impedimenta, 2016

Si hay algo que no deja de horrorizarnos por mucho que salga en las noticias de televisión, prensa y radio es el gravísimo problema de los refugiados que hoy sufre el mundo. Sobre todo, y en los últimos tiempos, el relacionado con las fronteras de Europa, de la sana, rica y civilizada Europa. Un conflicto de proporciones inmensas, pero que no debe hacernos olvidar que también otros rincones de nuestro planeta sufren ese desastre humano tan vergonzoso y difícilmente calificable. La continua presencia de estas noticias en las pantallas de nuestros hogares puede tener un efecto beneficioso, que es, sin duda, el de la denuncia de esta crisis humanitaria y la movilización de las fuerzas sociales (las políticas también sería deseable) para poner coto a esta miserable situación. Pero también uno contrario: el de la insensibilización al dolor de los que sufren tanto, aunque aparentemente tan alejados de nuestras cálidas, confortables y equipadas sociedades del bienestar.
Por eso resultan tan emocionantes todas las iniciativas de tantas y tantas personas comunes y corrientes que realizan lo que saben hacer para ayudar en lo que puedan a estas riadas de refugiados que, todo hay que decirlo, podrían tener perfecta cabida entre nuestros pacíficos pueblos, sin guerras, persecuciones o hambrunas.
Una de esas iniciativas dirige su mirada a los niños, a esos que tantas veces observan la televisión sin entender muy bien qué es lo que están viendo, y que, por mucho que lo intentemos, no podremos explicarles bien de qué se trata, ya que ni nosotros, ya adultos, lo entendemos del todo. Francesca Sanna, originaria de Cerceña (Italia), ha publicado un precioso libro ilustrado, El viaje, en el que narra de forma sencilla, con frases escuetas y directas, el drama de una familia que se ve en la obligación de abandonar todo para huir de la guerra, que pronto elimina al padre. No sitúa la narración en ningún país en concreto, aunque podrían servir tantos y tantos que han sufrido o están sufriendo este castigo. Y, con la incertidumbre de no saber hacia dónde, cómo ni con quién, quiénes o qué peligros se van a enfrentar, la madre emprende una difícil huída llena de obstáculos, para tratar de acceder a algún lugar en donde sus vidas no corran peligro. «Iremos a ese lugar y jamás volveremos a tener miedo», dice la madre a sus niños.


Francesca partió de las declaraciones que escuchó en 2013 a dos chicas que se encontraban internadas en un campo de refugiados para construir este libro, y su intención fue la de tratar de contar este grave problema a los niños e, incluso, de que nosotros, los adultos, lleguemos a acercarnos al horror real de quienes lo están sufriendo. También es un libro que se disfruta enormemente con los dibujos tan simbólicos y que, en suma, ayuda a poner otro granito de arena en esa gran construcción humana a la que todos queremos llegar (a excepción, parece, de algunos gobernantes y economistas).
Este libro ilustrado ha merecido la Medalla de Oro de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York y, muy recientemente, el Premi Llibreter 2016, otorgado por los libreros de Cataluña al mejor libro ilustrado del año.

Puedes ver el booktrailer de El Viaje pinchando aquí.

martes, 24 de mayo de 2016

Los Chiquitos de Algeciras



Los Chiquitos de Algeciras
Antología inédita (1961-1988)
Las primeras grabaciones de Pepe y Paco de Lucía
Doble cd / Warner Music, 2016

Que los grandísimos artistas lo son desde sus inicios es algo que podemos comprobar en este interesante recopilatorio con las primeras grabaciones que realizó uno de los mayores genios de la guitarra flamenca de todos los tiempos: Paco de Lucía (1947-2014), que trascendió la fama e importancia de sus dos hermanos, el fabuloso guitarrista acompañante de Camarón de la Isla (1950-1992) en la década de los 70, Ramón de Algeciras (1938-2009) y Pepe de Lucía, cantaor de proyección internacional. Fue precisamente con Pepe con quien se inició Paco de Lucía acompañándole a la guitarra. Entonces, cuando grabaron su primer disco, tenían 16 el cantaor y 14 años el guitarrista y se hicieron llamar Los Chiquitos de Algeciras, y lograron grandes éxitos en aquella década de los sesenta, especialmente en el I Concurso Internacional de Arte Flamenco de Jerez de la Frontera (Cádiz) de 1962, en donde se inventaron un premio especial para no dejar sin galardonar a Paquito a la guitarra “ya comprometido a los consagrados”.
Es precisamente a las grabaciones de esta época casi infantil del dúo de los Lucía a lo que se dedica este doble disco recopilatorio, con las tomas remezcladas y remasterizadas, recuperando así los inicios necesarios de dos grandes figuras del flamenco, e incluyendo algunas tomas inéditas, entre ellas, y para cerrar, dos versiones de otra época, 1988, cuando Paco de Lucía giraba con su Sextet por todo el mundo y su hermano Pepe le acompañó en uno de esos conciertos.
Cubierta del primer disco grabado
por Los Chiquitos de Algeciras
Resulta muy notorio el cambio de voz de Pepe de Lucía entre las diferentes grabaciones, cuando en las primeras, de 1961, tenía 16 años y las últimas, tan solo dos años después, con una voz bastante menos aniñada, más grave y formada. La audición sorprende enormente, pues tanto el cantaor como el guitarrista son verdaderos virtuosos de los palos flamencos además de unos intérpretes cargados de sentimiento y emociones.
El libreto, escrito por el especialista en flamenco José Manuel Gamboa nos relata las visicitudes de la pareja de niños en sus inicios y cómo, casi desde las primeras notas, se vieron inmersos en el mundo del espectáculo a nivel internacional. Muy pronto, Pepe fue contratado por el bailarín más famoso de Estados Unidos de aquellos tiempos, José Greco (1918-2000) conocido como Mr. Cocacola, que se lo llevó por una gira de nueve meses por Norteamérica (incluyendo México) y participó en la grabación del disco José Greco. Ritmos flamencos (Hispavox, 1963). Y fue por empeño de Pepe, bajo amenaza de volver a España y abandonar la compañía, que Paco fue llamado para acompañar en la gira de Greco, algo que parece que infuyó sobremanera en la forma de interpretar, sobre todo por las enseñanzas de los guitarristas Mario Escudero (1928-2004) y de Sabicas (1912-1990), el gran impulsor de la guitarra flamenca y del género a nivel internacional, que le aportaron savia nueva y una mirada diferente, lo que, quizás, contribuyó a que su arte se hiciera tan ecléctico, mestizo y genial.
Esta es una recopilación para disfrutar a pequeños sorbos, deleitándose con cada una de las interpretaciones de los niños Lucía, que reparten sus esfuerzos entre los muchos palos flamencos que tanto dominaron y que, para regocijo de la comunidad y aficionados flamencos, se pueden escuchar con alta calidad sonora y permiten apreciar, como decía al principio, que el genio, además de llevarse dentro, se educa desde edades muy tempranas. Antológico.

Puedes ver una antigua grabación de TVE de Los Chiquitos de Algeciras pinchando aquí.

Leyenda



Ana Alcaide
Leyenda
Autoeditado/crowdfunding, 2016

Quien quiera clasificar a Ana Alcaide en algún género lo va a tener difícil, cuando, además, tratar de catalogar la belleza que transmite la música es absolutamente innecesario. Su maestría con la nyckelharpa (un instrumento de cuerda frotada, de origen sueco, similar a la vihuela española) y su capacidad para componer y arreglar hacen que cada disco suyo sea un descubrimiento emocionante. En Leyenda, su último trabajo, conseguido a través de una exitosa campaña de crowdfunding, Ana ha planteado un argumento genérico para todas sus composiciones, con la mujer y lo femenino plasmándose en todas ellas como telón de fondo. A través de distintas leyendas y mitologías procedentes de fábulas ancestrales, la mujer se presenta con una fuerza arrolladora y necesaria, como un lecho sobre el que fluyen la música y los espacios que se generan, con los latidos que dan vida orgánica al mundo, a los sentidos y a las contradicciones amor-odio, oscuridad-luz, vida-muerte...
El proyecto está planteado como un conjunto musical y escénico y, tanto en la música como en la puesta en escena, el resultado es tremendamente contemporáneo, a pesar de que las sonoridades armónicas parezcan proceder de tiempos pretéritos. “Las leyendas son para mí la llave para comprender una sabiduría ancestral que ha quedado esculpida en la conciencia colectiva de los pueblos”, comenta Ana Alcaide en el disco, incidiendo en la particularidad de que, con distintas circunstancias y diferentes personajes se expresan siempre las mismas inquietudes de los seres humanos a través de cada una de sus diferentes mitologías.
Aquí, en Leyenda, aparecen la diosa Loulaien, una momia caucásica de una bella mujer aparecida en China; la ondina de Vacares, una leyenda granadina sobre una mujer-pájaro; la lamia de Kobate, seres femeninos de los bosques vascos con algunas de sus partes animalizadas; la esposa Selkie, que tanto ansiaba el pescador de una leyenda celta; los akelarres... Cuentos, narraciones, leyendas que transitan por el tiempo con formas de mujer para intensificar modos y costumbres, para armonizar lo femenino con la naturaleza y con los misterios, y para, como hace Ana Alcaide, crear hermosas composiciones llenas de magia.

Puedes ver la presentación que hace Ana Alcaide del proyecto Leyenda pinchando aquí.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Tres colores: Azul / Blanco / Rojo



Krzysztof Kieslowski
Tres colores: Azul / Blanco / Rojo
Trzy kolory. Niebieski (1993) / Trzy kolory. Bialy (1994) / Trzy kolory. Czerwony (1994)
Box 3 dvd / blu-ray / Wanda Films / Cameo, 2016

Puede que haya sido uno de los más interesantes directores/creadores del cine de los últimos tiempos. Quizás su prematura muerte por un repentino ataque al corazón con solo 54 años haya impedido que desarrollara todo su universo creativo. Al polaco Krzysztof Kieslowski (1941-1996), la muerte le cogió trabajando. Se encontraba en el proceso de escritura del guión de lo que podría haber sido su obra más ambiciosa, una trilogía basada en La Divina Comedia de Dante, que abordaba como escritor cuando había tomado la decisión de no volver a dirigir.
Esto ocurrió, precisamente, tras haber saboreado la gloria como director con la realización de otra trilogía, que denominó Tres colores, basada en los tres colores de la bandera francesa, país donde realizó estas películas, con la intención de reflejar en ellas los tres valores principales de la Revolución Francesa: libertad (Azul), igualdad (Blanco), y fraternidad (Rojo).
La estructura de las películas, su filmación casi simultánea, sus historias tristes, melancólicas, algo desesperanzadas, aunque con grandes dosis de amor, hicieron de estas tres cintas un rotundo éxito instantáneo en los circuitos del cine de autor, tanto a nivel de crítica y de público como de festivales, en los que fue arrasando en la dirección, el guión, las interpretaciones y la maravillosa música, escrita por su compañero cinematográfico, el compositor Zbigniew Preisner, que le puso música a sus películas desde el inicio de la carrera de ambos.
Aunque todas están entrelazadas (de forma muy sutil), las tres películas tienen argumentos diferentes y provocan sensaciones muy distintas. Todas se desarrollan simultáneamente y los personajes parecen ser ciudadanos de la misma ciudad que, sin conocerse, viven y se mueven cruzándose, como el inmenso entramado de voces, miradas y actuaciones que tiene una gran ciudad con su infinidad de habitantes.

En Azul, una mujer (encarnada por una inmensa Juliette Binoche), esposa de un famoso compositor, es la única superviviente de un dramático accidente de coche en el que mueren su marido y su hija. Deprimida, decide romper con todo, con el pasado, con el legado de su esposo, con la memoria que tanto le tortura y busca su parcela de Libertad convirtiéndose en un personaje anónimo en la ciudad. Profundamente melancólica, la música de Preisner es realmente maravillosa y consigue crear momentos de alto voltaje emocional que Binoche no hace sino acentuar con su triste mirada. Pasados tantos años desde su estreno, tan solo cuatro años después de la caída del Muro de Berlín (1989), resulta muy interesante su nueva visión. Entonces, Europa crecía para mostrarse como refugio de la libertad, de la iguladad, de los derechos, y con una gran dosis de esperanza e ilusión. El marido de la protagonista fallece cuando estaba por terminar su gran composición: una gran sinfonía europea que magnificara todos esos sentimientos de unión entre pueblos. Veintitrés años después, muchos ciudadanos europeos han perdido esos sentimientos, lastrados por la crisis económica de la que aún no hemos salido y por las tragedias que sacuden nuestras fronteras con los refugiados sirios, afganos, africanos... que no queremos admitir en esta zona del mundo privilegiada. Lo esperanzador que muestra Azul parece haberse quedado en el camino de los políticos, los banqueros y el comercio.

Blanco, filmada a la vez que Azul, puede decirse que es una tragicomedia. Tiene muchos elementos humorísticos. Pero no graciosos, sino con un poso agridulce y de pena por los tristes sucesos que le ocurren al protagonista, por su desamor y las decisiones que las circunstancias le llevan a tomar, que acaban perjudicando a otros por su desalmado proceder vengativo. Estamos viendo una narración sobre la Igualdad, aunque no en términos de moderación y modestia, sino de aprovechamiento de los márgenes de lo legal para conseguir propósitos quizás no muy éticos, aunque, en el fondo, puedan tener motivaciones muy humanas y comprensibles: si la vida me lleva a hundir la cabeza, yo me buscaré las maneras para levantarla y, aunque tenga que hundir la cabeza de otros, saldré adelante para conseguir ser feliz y ahuyentar la muerte que siempre parece perseguirme.

La tercera parte de la trilogía, Rojo, se centra en la Fraternidad, y lo hace de una manera harto curiosa, con personajes que no buscan comunicarse con otros aunque estén continuamente pendientes de lo que hacen esos otros. El argumento es, no por común en la historia del cine y de la literatura, enormemente sugerente. Una mujer (fantástica y seductora Irène Jacob, siempre en rojos), modelo fotográfica expuesta en grandes lonas publicitarias y amante de los animales, atropella a un perro y, tras atenderlo, lo devuelve a su dueño, un huraño juez jubilado, interpretado con sobriedad por Jean-Louis Trintignant, que, en su vida solitaria y aislada del mundo en el interior de su casa no deja de interesarse por la vida de sus vecinos espiándoles con escuchas telefónicas. Lo que, tras enterarse la modelo, plantea un conflicto moral que sitúa sobre el tapete la condición humana de todos, el rasero por el que debe medirse la justicia y la fraternidad a la que todo eso debe llevar.
Una magnífica trilogía que, aunque en algún aspecto plástico y de afección interpretativa pueda haber quedado un poco desfasado, merece la pena volver a disfrutar. Kieslowski fue uno de esos escasos directores que llegaron a plasmar un universo propio y muy identificable en su cinematografía y, sin duda, sigue abriendo los ojos a otra manera de vivir la vida, a solas y en sociedad, con nuestra realidad material y nuestro espíritu, quizás los ejes fundamentales de su discurso fílmico. Además, esta nueva edición en dvd se ha realizado partiendo de másters restaurados en alta definición, al que se ha añadido nuevos extras que aportan aún más valor a la Trilogía.

Puedes ver el trailer de Azul pinchando aquí.
Puedes ver el trailer de Blanco pinchando aquí.
Puedes ver el trailer de Rojo pinchando aquí.

miércoles, 27 de abril de 2016

Carrete velado



Irene G Punto
Carrete velado
Aguilar, 2015

¿Será a causa de la crisis económica, del desencanto con la política, de la desafección con un sistema social agresivo e impersonal...? El caso es que la poesía está viviendo una (¿nueva?) edad de oro y parece que la gente está necesitando frenar el paso, detenerse un poco a escuchar, a sentir el roce, a dejarse mimar por las palabras, los sabores, los colores... a sentir sus sentidos.
Carrete velado es signo de nuestros tiempos. Es poesía. Es ciudad. Es comunicación rápida. Es el vértigo de la brevedad. Es imagen. Y también refleja esa necesidad de muchas personas por oir palabras bien pronunciadas, por adornarlas con imágenes que nos seduzcan, por empaparlas de sensaciones cercanas, próximas, conocidas y más atemperadas a nuestros sentires. Y por que sean escuetas, directas, sin necesidad de circunloquios innecesarios...
La periodista y poeta Irene G Punto publica su tercer poemario tras Micropoesía, Macrocorazón y Mercromina (2013) y Punterías (2014), ambos publicados por Torremozas, y sigue fiel a sus premisas literarias: escribir lo que siente, sentir lo que escribe... apuntarlo todo. También Carrete velado refleja el mundo interconectado en el que vivimos, que no necesita de grandes discursos para decir cosas intensas y que, además, espera interactuar con quien te escucha, con quien te lee, con quien te mira. Es poesía de aforismos, de tacto orgánico que no necesita de traducción y que nos despierta la sonrisa, nos suelta una lágrima o nos impele al abrazo y, con todo ello, a compartirlo con los demás, con quienes sienten afinidad por nuestras sensaciones y emociones. Irene nos convoca a una suerte de universo en el que las palabras se funden con las imágenes. Sus poemas se hermanan con fotografías. Sus escritos se reproducen con tipografía que recuerda a la máquina de escribir y las imágenes recuerdan la fotografía analógica. Todo se ralentiza para disfrutar de todo despacio y saborearlo... aunque sus poemas, a veces, solo tengan una línea.
Y como para sentir hay que experimentar, Carrete velado se transforma a mitad del libro en poesía desvelada, en donde Irene G Punto propone sus desvelos para que el lector se deje atrapar por ellos, por uno, por varios desvelos, y realice su propia fotografía, las impresiones emocionales que el poema le haya provocado, sus propios desvelos transformados en imágenes. Y que esa imagen pueda ser compartida con todos a través de las redes sociales. Como antes decía, la poesía se ha hecho de hoy, se ha convertido en uno de los modos más rápidos de transmitir sentimientos profundos ajenos al arisco devenir de la sociedad. Irene nos ofrece la suya con generosidad y confidencia, haciéndonos cómplices de sus palabras, provocándonos para poner imágenes a sus frases, para que recuperemos, entre todos, el gusto por revelar nuestros “secretos velados, varados y vivos”. Y, como apunta Luis Eduardo Aute en el prólogo del libro, lo hace con un lenguaje “transparente, desnudo, árido en adornos retóricos, esencial, y en este caso, por la índole escenográfica del poemario, diría que esenciográfico”.
Como ejemplo, dejo aquí una muestra:

Foto: Roberto Iván Cano
          EufeMISMO de uno MISMO
                Si tu lengua me reconoce que pase, entre, penetre.
                Pero que tenga cuidado con mi suelo. Está mojado.

Puedes ver el booktrailer de Carrete velado pinchando aquí.

jueves, 21 de abril de 2016

Héroes del blues, el jazz y el country



Robert Crumb
Héroes del blues, el jazz y el country
Libro ilustrado + cd
Nórdica Libros, 2015

Puede que sea uno de los dibujantes más famosos de toda la historia de la historieta estadounidense. Sin ninguna duda, es el más representativo del llamado cómic underground, uno de los movimientos contraculturales más importantes que dio sus primeros pasos en 1968 con el primer número de Zap Comics, realizado en su totalidad, precisamente, por Robert Crumb, autor de algunos personajes que se han convertido en icónicos de la cultura pop, como Mr. Natural, o Fritz, the Cat, del que se llegó a hacer una película de animación, dirigida en 1972 por Ralph Bakshi y que fue la primera cinta de dibujos animados que tuvo clasificación X en Estados Unidos.
También es muy conocida la afición de Crumb por la música y, como Woody Allen muestra su pasión por el jazz de New Orleans, Crumb lo ha hecho siempre por las leyendas de los inicios del jazz, el blues y el country. Géneros que por sí solos pueden suponer una parte importante de la cultura estadounidense de la primera mitad del siglo XX. Crumb fue un poco más allá en el terreno de la música y llegó a ilustrar la portada de uno de esos discos míticos del pop-rock de los sesenta, Cheap thrills, de Big Brother and the Holding Company, la banda a la que hizo famosa Janis Joplin.
Esta afición por la música y por los géneros del jazz, el blues y el country llevó a Robert Crumb a realizar en los años ochenta varias colecciones de postales gráficas con dibujos de los personajes musicales que admiraba. Las fue creando en las series Heroes of the blues, Early Jazz Greats y Pioneers of the Country Music. Sus dibujos, a medio camino entre el realismo, la caricatura y, sin duda, el respeto por el retratado, aportan color a una historia musical que fue en blanco y negro y que se recuerda por las grabaciones picadas de los discos de pizarra. Originalmente, según apunta Terry Zwigoff en la introducción (director de cine que en 1994 realizó el documental Crumb), parece que la idea del dibujante era realizar diferentes retratos de los músicos con el fin de crear una coleeción de cromos que se fuera distibuyendo con cada disco de Yazoo Records, una compañía especializada, precisamente, en la recuperación de los géneros que a Crumb tanto le interesaban.


Por todo esto y porque Robert Crumb es uno de esos autores que merece tener un hueco reservado en nuestra biblioteca, es una grata noticia la publicación de Héroes del blues, el jazz y el country,
Autorretrato de Crumb (1986)
el libro que recopila las series de dibujos que realizó con esta temática. Todo en un volumen, delicioso, acogedor, de esos que da gusto acariciar, manosear y pasar páginas hacia adelante y hacia atrás. En esta edición, cada uno de los dibujos-retrato de Crumb va acompañado de una breve reseña que habla del músico o el grupo musical en cuestión, textos de los que se han encargado Stephen Calt (1946-2010) especialista en blues, David Jasen, que escribe las biografías de los artistas de jazz, y Richard Nevins, autor especializado en country. Pero aún hay más: el libro viene acompañado de un disco recopilatorio con 21 temas de los tres géneros seleccionados por el mismo Robert Crumb, música procedente de grabaciones originales de 1927-1931 extraída del catálogo de Yazoo Records.
Un libro que es (casi) un diccionario a la vez que un tesorito para guardar, mostrar y regalar. (Y digo casi porque, aunque Crumb le ha homenajeado en distintas ocasiones con sus dibujos, en el libro falta nada más y nada menos que Robert Johnson, el Rey del blues del Delta, una de las leyendas más importantes del género). A pesar de ello, el libro es una maravilla que se lee, se mira y se escucha.

Puedes ver el book-trailer de Héroes del blues, el jazz y el country pinchando aquí.

miércoles, 20 de abril de 2016

Nebiros

Juan Eduardo Cirlot, en Barcelona, 1950, año en que escribió Nebiros

Juan Eduardo Cirlot
Nebiros
Siruela, 2016

El pasado 9 de abril se cumplió el centenario del nacimiento del barcelonés Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), uno de esos curiosos personajes de la cultura que tantas veces quedan en los márgenes aun cuando su calidad e interés son mayúsculos y, en ocasiones, sorprendentes. Músico, poeta, ensayista, crítico de arte, afín a muchos grupos culturales de vanguardia, este intelectual es conocido sobre todo por el Diccionario de los símbolos (1958), una obra muy popular sobre el mundo de la simbología que se tradujo al inglés en 1962 y que ha sido reeditada desde 1997 en Siruela nada menos que en veinte ocasiones. Este libro fue precedido de otra obra de catalogación, el Diccionario de los ismos (1949-1956), un compendio de estética en forma de diccionario. Fueron numerosos los libros de poemas, los artículos de prensa y los ensayos que escribió, pero, sin embargo, solo abordó la novela en una ocasión, y no tuvo fortuna con ella.
Se trata de la compleja narración Nebiros (1950), que debió ser editada por el poeta y editor Josep Janés i Olivé (posterior cofundador de la editorial Plaza & Janés), pero, desafortunadamente, se topó con la censura férrea que todo lo observaba en aquellos tiempos, y que llegó a considerar la obra “de una moralidad grosera” y “repugnante”. Hoy, a los cien años justos del nacimiento de su autor, consigue por fin ver la luz en una cuidada edición a cargo de la hija de este, la medievalista Victoria Cirlot, quien, junto a Enrique Granell, pudo rescatar el manuscrito perdido en junio de 2015 del Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, traspapelado entre cientos de expedientes.
Y si lo que fue en su momento un motivo para su prohibición, hoy lo es para su lectura. Se trata de una narración agónica, oscura y decadente; un deambular por los márgenes del infierno, por los abismos de la sociedad. El protagonista, sin nombre, es un gris y apático empresario, misántropo hasta límites de lo maniático, ajeno a los placeres de la vida cotidiana e inmerso en profundas cavilaciones constantes en las que se cuestiona todo, desde lo moral hasta la religión, desde el bien hasta el mal. Precisamente es de un demonio, Nabeirus, de donde surge el nombre de la novela y el de un extraño bar en los barrios más siniestros y arrabaleros de la ciudad portuaria donde vive, que Cirlot no identifica pero que bien podría ser un remedo de Barcelona o de Marsella. La vida nocturna de esas calles llenas de prostitutas, de borrachos, de gente sin rumbo consigue crear un ambiente axfisiante en el que el protagonista se va introduciendo como una vía de escape hacia no se sabe dónde. Como con los personajes de Albert Camus (1913-1960), el nihilismo de este empresario casi fantasmagórico aleja la esperanza de su espíritu traspasando la frontera de lo real y cayendo irremisiblemente en el infierno de sus cavilaciones, casi alucinadas, dramáticamente hipnotizadas.
Los argumentos que va desgranando el personaje noctámbulo son de una lucidez explosiva, despiadada con todo y todos los sectores de la sociedad adocenada y, claro, de esa manera los censores de la época se sintieron espantados con esta novela, con fragmentos tan directos como este:
«…se reía manifiestamente de las verdades religiosas, no solo de los dogmas y de los milagros de la religión en cuyo seno naciera, sino de la misma esencia de la religión…»
Precisamente es esta una de las frases señaladas por la censura en el mismo manuscrito original que fue prohibido. Victoria Cirlot añade a la edición del libro un apéndice con los sucesos que provocaron el tira y afloja del editor y de los censores y uno final con los apuntes que la censura anotó en el original para demostrar que era un libro (en su día) impublicable. Hoy, por fin, podemos disfrutar de este estraordinario, difícil, molesto trabajo literario que, como según dice la hija de Cirlot, parece, por alguna extraña razón, haberse empeñado en permanecer oculto justo hasta que se cumplieran los cien años del nacimiento de su autor.

Puedes leer las primeras páginas de Nebiros pinchando aquí.

viernes, 15 de abril de 2016

The art of Menuhin



Yehudi Menuhin
The art of Menuhin
3 cds / Warner Classics, 2016

A modo de resumen de la magna caja recopilatoria de las grabaciones del violinista para EMI y Warner Classics (nada menos que 80 cds en cinco boxsets temáticos, 11 dvds y un libro de 250 páginas y tapa dura), se publica The art of Menuhin, un interesante triple cd con algunas de las piezas más destacadas del violinista estadounidense Yehudi Menuhin (1916-1999), uno de los más importantes violinistas del siglo XX, de quien precisamente este año se cumple un siglo de su nacimiento.
Un personaje casi legendario por sus interpretaciones en directo y por muchas de sus grabaciones, que sentaron cátedra y se convirtieron en referentes de generaciones venideras de violinistas, de él se dice que Albert Einstein (1879-1955) exclamó “¡Ahora ya sé que hay un dios en el cielo!” cuando escuchó a Menuhin en un concierto en Berlín en 1929, cuando el violinista tenía tan solo trece años. y justo 70 años después de pronuciada esa frase, moriría en esa misma ciudad, Berlín, en 1999, el mismo tiempo que duró la relación con la compañía discográfica EMI. La cuidada recopilación de tres discos está organizada temáticamente.
El primero de ellos se dedica a los conciertos para violín, con fragmentos en orden cronológico de obras de grandes genios de la música como Bach, Vivaldi, Vivaldi, Beethoven, Mendelssohn, Tchaikovsky, Brahms y Paganini, algunos de los cuales son verdaderos tesoros del mundo discográfico.
El segundo cd está dedicado a las sonatas para violín y otras composiciones de cámara en las que interviene como protagonista el instrumento del que Menuhin fue un genio absoluto. Contiene obras de Beethoven, Brahms, Schubert, Mozart, Bach, Cesar Franck y Fauré. El último disco se adentra en otras composiciones no compuestas originalmente para violín pero que, en distintas transcripciones, grabó Menuhin. Aquí podemos encontrar composiciones de Brahms, Locatelli, Corelli, Schubert, Dvorak, Leo Delibes, Debussy, Kreisler, Rossini, Ravi Shankar y Max Harris.


Un triple disco que recorre muchos estilos compositivos pero que tienen todos el aire y la maestría indiscutible de uno de los grandes genios del violín de todos los tiempos. El que fuera niño prodigio (a los diez años ya era un violinista de fama mundial), fundó cerca de Londres la Escuela Menuhin en 1963 para descubrir nuevos talentos en el arte de la interpretación y, en 1977, la Menuhin Music Academy, en Suiza, para potenciar la maestría de los jóvenes músicos graduados, desarrollando un programa pedagógico propio que sigue desarrollándose en la Internacional Yehudi Menuhin Foundation y en la Fundación Yehudi Menuhin España, cuyo fin es la educación en valores, considerando que la música y otras artes (teatro, danza, artes plásticas) deben formar parte de la educación cotidiana y ser accesible a todos para poder acercarnos a una sociedad más igualitaria y tolerante.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Menuhin llevó a cabo multitud de conciertos para las tropas aliadas y, en junio de 1945, junto al compositor inglés Benjamin Britten (1913-1976), realizaron un concierto el campo de Bergen-Belsen ante los sobrevivientes de los campos de concentración. En 1947 ofreció varios conciertos con la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Wilhelm Furtwängler (1886-1954) como un acto de reconciliación tras la contienda, siendo el primer músico judío en tocar en Alemania tras el holocausto nazi.
Una personalidad implicada, comprometida con la sociedad y con los valores de la tolerancia y de la cultura como medio de alcanzarlos, que ha dejado un legado inmenso de grabaciones (todas en el magno cofre The Menuhin Century) y que ha servido y sigue sirviendo de ejemplo como músico y como persona. Y, lo que importa en este caso, como un gran artista inigualable que llevó el violín a cotas de arte mayúsculo.

Puedes ver un vídeo de Yehudi Menuhin interpretando Calabrese, Wals en Mi menor, Op. 34, de Antonio Bazzini, junto al pianista Adolph Baller pinchando aquí.

viernes, 1 de abril de 2016

Georges de La Tour

La buenaventura (1633-39). Metropolitan Museum de Nueva York


Georges de La Tour (1593-1652)
Exposición en el Museo del Prado de Madrid
Del 23 de febrero al 12 de junio de 2016

El sueño de San José (1628-1645). 
Museo de Bellas Artes de Nantes
La trayectoria artística de Georges de La Tour (1593-1652) es, cuanto menos, bastante curiosa en relación a su popularidad, pues si en su época fue un pintor que gozó de una fama bastante considerable y de una posición económica y política envidiable, llegando a ser alcalde alcalde de Lunéville, una comuna de la región de Lorena, en Francia, muy cercana a la de Vic-sur-Seille donde nació. Tras su muerte, sin embargo, cayó en el olvido más absoluto y su obra fue atribuída a otros pintores con el paso del tiempo, a artistas del norte de Europa, y a otros españoles como Zurbarán, Ribera o Velázquez. No fue hasta finales del siglo XIX cuando distintos investigadores, sobre todo el alemán Hermann Voss (1884-1969), que lo redescubrió en 1915, apuntaron la autoría de Georges de La Tour de muchas obras que antes habían sido atribuídas a otros pintores. Hoy día se reconocen poco más de 40 obras de su mano, aunque hay mucha polémica entre los especialistas sobre algunas de ellas y otras no catalogadas a su nombre. Así, esta exposición que se muestra en el Museo del Prado de Madrid se convierte en una ocasión excepcional para observar y deleitrase detenidamente con la peculiar manera de pintar del artista francés, ya que reúne nada más y nada menos que 31 de las obras de La Tour, procedentes del museo del Louvre, del Metropolitan de Nueva York, del Kinbell Art Museum de Fort Worth, el Lacma y el J. Paul Getty Museum de Los Ángeles, la Colección Real británica y los museos franceses de Bellas Artes de Nantes, Rennes, Nancy y Épinal. El Prado aporta las dos obras que conserva en sus salas, la maravillosa San Jerónimo leyendo una carta (hasta 2005, en las dependencias del Instituto Cervantes y atribuído a Zurbarán), y el fascinante retrato de perfil del Ciego tocando la zanfonía (1620-1630).

Ciego tocando la zanfonía (1620-1630). Museo del Prado

Su estilo más conocido y que le ha hecho en alguna manera inconfundible (a pesar de tantas dudas en la autoría de sus obras) es el tenebrismo, corriente del barroco en el que se incide en el fuerte contraste entre luces y sombras y que La Tour resolvía con un elemento muy particular: las luces procedentes de pequeños puntos de iluminación presentes en las pinturas, como velas, brasas, candiles... y que, semiocultos por las formas o los ropajes de las figuras de los personajes de las obras, crean una sensación de intimidad extrema, de calidez y de ambientes más promios del norte de Europa, motivo por el que tanto tiempo se pensó que sus autores procedían de esa zona del mundo.
Otra característica de su obra es la quietud y el equilibrio de las composiciones, además de las formas sencillas, redondeadas, casi idealizadas y geométricas de los rostros de muchos de los pintados, la mayor parte motivos religiosos. Aunque no faltan argumentos populares, con campesinos más o menos miserables y una curiosa afición a retratar músicos ciegos callejeros y ladronzuelos y pícaros burlescos y divertidos que tratan de buscarse la vida por medio de trampas y engaños.
Organizada cronológicamente, el paseo pictórico que nos propone El Prado nos introduce en un mundo de paleta casi monocroma, donde las luces están casi ausentes y en donde se pueden encontrar múltiples reflexiones, anacrónicas quizás, acerca de las dificultades de la vida en las poblaciones humildes y en cómo marcó la iglesia el sentimiento místico de sus pueblos.

Puedes ver la presentación de la exposición, comentada por Andrés Úbeda, pinchando aquí.

Puedes ver el vídeo Ciego tocando la zanfonía con las reflexiones sobre arte y música de Andrés Úbeda y Fernando Palacios pinchando aquí.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio


Faraway (1952), de Andrew Wyeth

Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio
Exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza
Del 1 de marzo al 19 de junio de 2016

Una exposición magnífica por el planteamiento. Organizada por el Denver Art Museum en colaboración con el Museo Thyssen-Bornemisza que ahora la acoge, nos coloca cara a cara la obra de dos artistas, padre e hijo, cuyos procesos de trabajo, aún siendo marcadamente diferentes, tienen mutuas influencias y conexiones evidentes, así como una forma de sentir el arte que parece residir en un modo de vida (acomodado, sin duda) que potencia la creatividad y la disciplina técnica. Los dos artistas de la muestra Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio son Andrew Wyeth (1917-2009), muy popular entre los aficionados estadounidenses y conocido como pintor del pueblo, y su hijo Jamie Wyeth, nacido en 1946, que se ha codeado con algunas figuras esenciales del arte norteamericano de la última mitad del siglo XX.
Andrew era a su vez hijo de otro artista, N.C. Wyeth (1882-1945), muy conocido por sus ilustraciones para algunos libros como La isla del tesoro, Robinson Crusoe o Robin Hood, entre otras, así como muchos trabajos para publicidad.

Trodden weed (1951), de Andrew White

Puede que Andrew heredara de su padre (del abuelo de Jamie, para no confundirnos) el gusto por el realismo y por la témpera, muy utilizada en los tiempos clásicos de la ilustración, pero este la llevó mucho más allá, convirtiéndola, junto a otras técnicas como el pincel seco, la acuarela, la pluma y el carboncillo, en un alarde técnico y artístico que trasciende el mundo de la ilustración para convertirse en obras de arte propias de museos (clásicos). El realismo que transmite Andrew Wyeth con sus obras conmueve y emociona, con sus arriesgados encuadres (mucho más infrecuentes que los de su hijo Jamie) y sus perspectivas curiosas que centran la atención en detalles a priori insignificantes. Su paleta de colores era moderada, parda, casi neutra, creando una sensación cuasi-onírica en las imágenes realistas que pintó, alejando sus obras de ese hiperrealismo que a veces se confunde con la fotografía. Tanto en los retratos como en los paisajes y algunas escenas bélicas, Andrew conviertía lo aparentemente banal en un discurso narrativo donde parece que una historia relata lo pintado y el aire, en ocasiones enrarecido, sopla entre los personajes retratados.

The islander (1976), de Jamie Wyeth

Por otro lado, el hijo de Andrew, Jamie, aun manteniendo un importante poso heredado de la obra de su padre, experimenta más con las texturas y los colores, con las técnicas mixtas y con los encuadres centrados, casi simétricos con los que suele retratar a su personajes. Evidentemente, la época en la que han trabajado cada uno de ellos, con sus istmos y escuelas principales, ha influido tanto en la forma de expresarse como en los motivos pintados. Así, Jamie está más en consonancia con las vanguardias que surgieron en los sesenta a remolque del arte pop (uno de sus retratados frecuentes fue Andy Warhol, a quien puede verse en un par de cuadros en la muestra), lo que le llevó a aventurarse más en los temas y a permitirse muchas más licencias estilísticas que las que pudo realizar Andrew, más clásico en las formas.
On the Island of Earraid (193), de N.C. Wyeth
Lo más interesante de la exposición (aparte de disfrutar enormemente de la altísima calidad de las obras), es el diálogo permanente que parece haber entre padre e hijo a resultas de los trabajos de cada uno, que ambos pudieron ver durante muchos años, influyéndose mutuamente. Fue Jamie, por ejemplo, quien animó a su padre a aventurarse en el desnudo, gáenero que no había tocado casi nunca, cuando este observó el trabajo que sobre ese tema realizaba su hijo. Un cruce de personalidades que lanzaban experiencias pictóricas uno a otro y conformando dos maneras distintas y, a la vez, complementarias de ver el mundo a través del arte.
Si una pega le puedo poner a esta exposición (magnífica y que animo a ver con detenimiento) es la ausencia de alguna obra del abuelo, M.C. Wyeth, quien, aun perteneciendo a una época diferente y no habiendo coincidido en vida con su nieto Jamie, tiene una obra que da muchas pistas de hacia dónde derivó el arte de Andrew y, por conexión genética y educativa, el del propio Jamie. Para remediar esto y modo de capricho, coloco en esta reseña una ilustración suya perteneciente a la serie que hizo para Secuestrado (Kidnapped), escrita por Robert Louis Stevenson.

Puedes hacer una visita virtual por las salas de la exposición pinchando aquí.